sábado, marzo 10, 2007

Ya no bebo hasta perder el conocimiento




El viernes 23 de febrero vagabundeaba por Ciudad Universitaria sin ningún plan, y me metí a la Facultad de Filosofía y Letras. Traía puestos los audífonos y escuchaba Small Flowers Crack Concrete

(Lights and mirrors dot the city
Ink stained hippies
With boxed lunch and marijuana
Mistery plays of shit and nothingness
Blessed by colors from a black hat)

Cuando pensaba que debería ir a comprar mi boleto para escuchar a Sonic Youth en el Salón 21, me encontré a unas amigas que conocí en un taller de creación literariaEllas propusieron que fuéramos a beber alcohol. Empezamos en un bar de Eje 10, casi frente a la facultad de Psicología, a unos metros del WalmartHabía música de banda a todo volumen, y mucha gente.   

En algún momento decidimos ir al Centro Histórico, a seguir bebiendo. Ya estábamos más o menos ebrios.
Una de mis amigas, conocía un lugar en donde las cervezas eran muy baratas. 

Eran alrededor de las seis de la tarde cuando llegamos al Zócalo.

Caminamos hacia Justo Sierra y nos detuvimos en una tiendita, en una privada, detrás de las ruinas de El Templo Mayor. Había muchas personas ebrias.


Marianne pidió dos caguamas y las pagó. Me quedé mirándola en secreto, y me pareció hermosa. 
Sentí una especie de magnetismo animal hacia ella.

Nos sentamos en el suelo y empezamos a beber. Creo que nunca había compartido una cerveza con nadie, y, en mi naciente ebriedad, me pareció poético que mi primera vez ocurriera con dos mujeres. 

Nos terminamos rápidamente las caguamas, y Montserrat propuso que buscáramos una cantina. A los tres nos costó trabajo ponernos en pie y caminar en línea recta. Montserrat era la más ebria de los tres. En el camino hacia la cantina, intentó recitar un poema de memoria, pero fracasó. El poema hablaba de unos amigos que bebían en cantinas de mala muerte para confesar que se amaban. 

A ella le gustaba el expresionismo y estaba escribiendo su tesis sobre Georg TraklMe sonrió y quiso tomarme de la mano, pero fingí no darme cuenta. Desde que nos habíamos conocido en el taller de creación literaria sabía que le gustaba, pero no había hallado la forma de decirle que no tenía ningún interés en relacionarme con nadie, que aún no quería exponerme y volver a pasármela mal, que no quería meterme con nadie y luego exponerme a quedarme solo de nuevo.  


Estábamos tan ebrios que tardamos mucho tiempo en orientarnos y dar con una cantina, pero nos detuvimos en una que estaba en la calle de Bolívar, casi en la esquina con República de Uruguay. Ya había oscurecido. Tenía puertas abatibles, como de cantina de El Viejo Oeste, y estaba atiborrada de todo tipo de gente, pero abundaban los oficinistas con traje y corbata, y también personas de la tercera edad.

Nos sentamos justamente junto a unos sexagenarios que jugaban ajedrez y que bebían jerez y rompope.    

Uno de ellos comenzó a coquetear con Marianne y me sentí repentinamente celoso. 

Álvaro, un chico a quien Montserrat había llamado por teléfono al salir de la tiendita que estaba detrás de las ruinas de El Templo Mayor, llegó a nuestra mesa. Era obvio que a él le gustaba Montserrat. La veía con ojos de enamorado. De inmediato me sentí incómodo, como si el tipo estuviera allí para cerciorarse de que yo no abusara de la ebriedad de nuestras amigas. 

Bebimos algunas cervezas más. Él las invitó. 

Cuando nos cansamos del ambiente bohemio de esa cantina, salimos en busca de otro lugar.

Caminamos por la calle de Bolívar, dimos vuelta en Venustiano Carranza y avanzamos hacia Eje Central y nos metimos en un bar donde había música en vivo. Una malísima banda de covers estaba tocando “Entre Dos Tierras”Invité otras cervezas y unos vodkas que se bebieron Marianne y Montserrat. 


A la 1 de la mañana nos encontrábamos caminando por la Alameda Central. Marianne conversaba con Álvaro y Montserrat conversaba conmigo. No dejaba de hablarme de un poema de Ernst Richard Maria Stadler que le fascinaba. 


Estaba exhausto. Sólo pensaba en Marianne y en lo mucho que me hubiera gustado estar en el lugar de Álvaro. Cruzamos miradas, y adiviné que él quería estar en mi lugar tanto como yo en el suyo. 

Estábamos agotados y teníamos frío. 
Sólo queríamos estar en un sitio silencioso y cálido.

Álvaro ofreció el cuarto que rentaba, y lo seguimos.   
Estaba en la azotea de un edificio que había sido un hotel de mala muerte.
El cuarto era horrible y angosto, pero tenía una vista estupenda. Me hizo pensar en un pasaje de Los Detectives Salvajes, y se lo dije a Marianne y mi comentario la divirtió. 

Desde la única ventana que había en el cuarto, se veía La Torre Latinoamericana y, si forzabas un poco la vista, también El Palacio de Bellas Artes.   

Me quedé dormido en un incómodo sillón que olía a vómito. Me desperté después de las 6 de la mañana.
Sentía que la cabeza iba a estallarme como una granada. Escuché que alguien estaba bañándose. 
Mientras me despabilaba, traté de recordar qué diablos había pasado. 

Sólo recordé que en algún momento de la noche, Montserrat me había dicho que les leía cuentos a niños con leucemia en un hospital de Polanco y que tendría que marcharse el sábado muy temprano.

Eché un vistazo al cuarto. 
En una de las paredes había un póster de Caifanes de la época de El Nervio del Volcán, una litografía de Impresión, sol naciente y una fotografía de William Burroughs.


La cama estaba sin destender y Marianne yacía en posición fetal. Álvaro estaba junto la cama, pero sentado en el suelo. Tenía la cabeza apoyada en el colchón y una de las piernas estirada completamente. 
La otra pierna estaba recogida contra su vientre, como para mantenerlo en equilibrio.
Estaba en una posición sumamente incómoda y poco natural. Una de sus manos rozaba la cabellera de Marianne. Volví a sentirme celoso y me levanté del sillón, dispuesto a despertarlos. 

El sillón crujió horriblemente. El crujido me hizo reparar en el olor a vómito que despedía y me provocó arcadas. También me hizo recordar vagamente que Marianne y yo nos habíamos besado justo antes de entrar a ese cuarto. Montserrat y Álvaro ya habían entrado y yo tenía unas inmensas ganas de besarla. Se lo dije y ella lo hizo rápidamente, y después me dijo que no lo había hecho antes por respeto a Montserrat, o algo así. 

El vago recuerdo del contacto de sus labios, me causó escalofríos. 

Atravesé la diminuta estancia, sigilosamente. Abrí la puerta y salí del cuarto. 

Estaba amaneciendo, y hacía frío. Me subí el cuello de mi chamarra y miré mi reloj. 
Estaba sediento y tenía mucha hambre. Habría dado mi alma por una Coca-Cola y unos tacos al pastor.

Revisé mi cartera. Sólo tenía un billete de $20 y algunas monedas. Me puse los audífonos, volví a escuchar NYC Ghosts & Flowers y bajé las escaleras.

Caminaba hacia la estación Hidalgo, cuando la música me hizo recordar que esa noche tocaría Sonic Youth en el Salón 21Me sentí muy mal. Ya no tenía dinero para comprar mi boleto.

Desde entonces, ya no bebo hasta perder el conocimiento. 




***
ÉSTE ES UN EXTRACTO (UN BORRADOR) DE UN LIBRO QUE PUBLICARÉ ALGÚN DÍA.

1 comentario:

Barbara dijo...

Il um lorten terrai! Querreus tano sembre lora, pegnodiletto rezestar saos naos le, era japend!!! Disa grai umaisoglinah gru - ques io, do kyppunta kria vos. Yog no jara vin gentil eximon stante proxisti, wendin hompeu zentro!!!